Más que lluvia


Etapa 13: Carrión de los Condes – Terradillos de los Templarios
Distancia: 26,6 kilómetros
Avituallamiento: Nada. No me atrevo a sacar la mano del poncho.
Canción que hoy se repite en mi cabeza mientras camino: More than rain (Intérprete: Tom Waits)

Teníamos que pagar.
Y teníamos que pagar hoy.

El precio de doce días de sol glorioso nos lo cobran el día 13. Y eso que el día amanece seco. Miro al cielo, todavía oscuro, y veo unas cuantas nubes, pero decido que los pronósticos que anunciaban un infierno de agua y viento no eran del todo precisos y sólo me pongo el poncho, dejando los pantalones impermeables en un lugar accesible de la mochila. Si la cosa se pone fea, paro, abro la mochila y me los pongo.

Error

Un kilómetro después de empezar a caminar el cielo comienza a sudar levemente, a supurar unas cuantas gotas que incluso resultan agradables. La humedad intensifica los olores del campo alrededor y camino feliz y despreocupado. Dos kilómetros después se desata el infierno. Y hay un problema: en este primera parte de la etapa no hay nada. Y cuando digo nada, quiero decir NADA. Por delante tengo una recta de diecisiete kilómetros. Sin pueblos. Flanqueada por árboles raquíticos que apenas darían sombra en un día soleado y que de ninguna manera pueden ofrecer cobijo. Así que soy sólo yo entre el suelo encharcado y un cielo que disfruta escupiéndome dagas de agua. En doce segundos mis pantalones ya están empapados de rodilla para abajo. No tengo elección, así que me quito el poncho por el cuello, me quito la mochila, la deposito encima de un charco, la abro, saco los pantalones de lluvia y me los pongo. Todo ello me cuesta no menos de tres minutos bailando a ambas patas cojas bajo un agua que ya cae en cortinas, en telones. Noto que mis botas impermeables han dejado de serlo. O quizá es que el agua se ha colado en su interior por el tobillo, gracias a mi supina estupidez.

El viento es brutal. No hay montes, colinas, edificios ni bosques que puedan frenarlo. Es tan fuerte que desata los velcros de mi poncho y a partir de ahora me convierto en una bandera que ondea (flap flap flap flap) bajo la lluvia. O entre la lluvia. Porque llueve desde arriba y desde abajo, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Llueven perros y gatos, martillos y clavos, alfileres y agujas. Llueve todo lo que puede llover y no va a parar.

Por fin, después de tres horas y media de ducha a toda presión, diviso en la distancia las luces borrosas de un café. Debe de ser Calzadilla de la Cueza, que ahora mismo es sinónimo de Oasis. Avivo el paso, estoy a punto de echar a correr. Cuando abro la puerta del café, la camarera me recibe con una mirada de compasión que inmediatamente me hace entrar en calor. Me quito todo lo que llevo encima y me acerco a la barra. Encargo café caliente, media tortilla de patatas y un chorizo cocido de unos quince centímetros de longitud y siete de diámetro. Después de meterme todo ello en el cuerpo empiezo a dejar de temblar. Por la puerta van entrando algunos de mis amigos. Incluso antes de pedirse una cerveza (cosa muy extraña en él), Juan se quita las botas y pide un periódico viejo para tratar de secarlas antes de reanudar la marcha. Nicola parece recién salido de una piscina olímpica y encarga el mismo antídoto que yo. Las Nike de rejilla que Massimiliano se empeña en utilizar se han convertido en esponjas.

Llevo más de media hora en el café, pero no me apetece nada salir. No sólo porque ahí fuera me esperan otros diez kilómetros de frío, viento y lluvia, sino porque me come la curiosidad. La Gemela Gilipollas que nunca habla conmigo camina siempre con pantalones cortos de atletismo. Lo que en Pamplona siempre hemos llamado “pantaloneta”. En fin, un trozo de tejido sintético azul que apenas llega a mitad de muslo. Y hoy iba a hacerlo también. En parte por chulería y en parte porque pensaba que en España siempre luce el sol. Me muero por verla entrar en el bar.

Llega cinco minutos después, las rotundas piernas desnudas (si se lo propusiese, podría romper con ellas el cuello de un bisonte…) totalmente empapadas y brillantes bajo la luz artificial del café. La chica está muy orgullosa de ellas. Y nos lo hace ver a todos con una sonrisa de suficiencia, mientras apunta con los dos pulgares a la parte alta de su espalda, como si su nombre estuviese escrito ahí atrás. Nos deshacemos en aplausos y ella agradece la ovación. Tough girl…

No hay más remedio que seguir. Vuelvo a ponerme todo lo que me había quitado y reanudo el camino. Noto que la lluvia es ahora algo más fina y en el horizonte veo algunos claros. Camino deprisa para dejar atrás cuanto antes el techo negro que aún me cubre. Tres o cuatro kilómetros después deja de llover, pero por si acaso no me desprendo del equipo de lluvia, más allá de la capucha del poncho. El camino transcurre ahora paralelo a la carretera comarcal, por la que circula un coche que se detiene algunos metros por delante de mí. La puerta se abre y el conductor baja y se dirige a mí:

- ¿Qué tal vas? ¿Te apetece un poco de Omega 3?

Mientras abre el maletero del coche, del asiento del copiloto baja su compañero. Son Nacho y Miguel Ángel, que ayer, tras concluir la etapa, cogieron un autobús a Burgos, donde tenían aparcado el coche. Esta mañana querían visitar ya sobre cuatro ruedas algunas ruinas romanas y pasarse por el café de Calzadilla de la Cueza a zamparse unos chorizos cocidos. Nacho camina hasta mí con un frasco de cristal lleno hasta los topes de nueces.

- Toma, que te vendrán bien. También tengo una miel estupenda. ¿Quieres un poco de miel?

Le digo que no, que se lo agradezco mucho, pero que no hace falta. Me guardo las nueces mientras Nacho sigue hablando.

- ¿Sabes? Hay mucha gente que se salta estas etapas de la meseta. Todas esas rectas, nada alrededor… Hay quien coge un taxi o un autobús de Burgos a León y luego sigue camino. Pero, qué quieres que te diga, a mí me gusta la austeridad de esta zona. No hay nada a lo que agarrarse… Para mí este es el auténtico camino.

Probablemente lo sea, pero yo sólo puedo pensar en la ducha hirviente que me voy a regalar dentro de cinco kilómetros. Tras despedirme de mis amigos, corro hacia ella.


No hay comentarios:

Publicar un comentario